• Martha Christlieb

¿Sabes por qué la Iglesia canoniza a los santos?

La vocación a la santidad es universal: todos los cristianos estamos llamados a ser santos, cada uno en su propio estado de vida, como sacerdote, como religiosa, como laico, soltero o casado. Por nuestro bautismo, Dios nos ha hecho hijos en su Hijo y miembros de la Iglesia, para santificarnos y hacernos semejantes a Jesucristo. Ahora, nos toca a nosotros estar abiertos a Dios y optar por él una y otra vez, para que, ayudados de su gracia, correspondamos a este llamamiento luchando por el bien común[1], por el bien de nuestros hermanos.

Esta imagen fue tomada del sitio: https://www.iglesia.org.sv/roma-fotos-y-videos-canonizacion-san-oscar-a-romero/

En este camino de santidad el cristiano puede encontrar muchos obstáculos y dejarse llevar por el desaliento, la tibieza o el pecado. Por eso la Iglesia le ofrece el ejemplo y la intercesión de los santos: la Santísima Virgen María, San José, los Santos Apóstoles, y tantos otros santos que, a lo largo de los siglos, siguieron a Cristo en fidelidad a sus mandamientos, de tal manera que cada uno, al ver estos ejemplos, pueda decir, como San Agustín: "Si ellos y ellas pudieron ser santos ¿por qué yo no?".


La Iglesia es santa (como decimos en el Credo) porque Jesucristo, su fundador, es santo, porque se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios[2]. Este Espíritu, con sus dones, suscita la santidad en el corazón de cada creyente e impulsa a la Iglesia a santificarse. De hecho, él es el santificador.


Cuando la Iglesia canoniza a los santos, nos los propone como modelos en la vida cristiana, en el seguimiento de Cristo, y como intercesores delante de Dios a favor nuestro. Aprueba su culto y nos invita a dirigirnos a ellos en la oración, pues ya están en el cielo, cerca de Dios, y forman parte de la Iglesia celestial. Son nuestros hermanos que ya han llegado a la presencia de Dios y mantienen con nosotros lazos de amor y comunión, mientras vamos como peregrinos en esta tierra, anhelando llegar al gozo de la bienaventuranza eterna[3].


La Iglesia bendice y venera las imágenes de Jesucristo, de la Santísima Virgen y de los Santos, porque nos recuerdan su vida y sus ejemplos, y así nos acordamos más fácilmente de pedir su intercesión. Nuestros principales deberes para con los santos son: conocer su vida y sus virtudes, amarlos, venerarlos e imitarlos. Así, decía el apóstol San Pablo a los primeros cristianos: "Sean mis imitadores, como yo lo soy de Jesucristo" (1 Co.11,1).


Esta imagen fue tomada del sitio: https://www.elcampesino.co/espiritu-santo/

En conclusión

La Iglesia, al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, reconoce el poder del Espíritu, que está en ella y la habita, y sostiene la esperanza de sus miembros proponiendo a los santos como modelos e intercesores. Los santos y santas manifiestan de diversos modos la presencia poderosa y transformadora del Resucitado; seguir su ejemplo, recurrir a su intercesión, entrar en comunión con ellos, nos une a Cristo, del que mana, como de fuente y cabeza, toda la gracia y la vida del pueblo de Dios[4]. Ellos han sido siempre fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de la historia de la Iglesia[5].


Referencias:

[1] Cf. GE, 14

[2] LG, 39

[3] Cf. GE, 4

[4] Benedicto XVI, audiencia del 13 de abril de 2011.

[5] Catic, 824.



Martha
de la Inmaculada

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