Seamos miniaturas de la Virgen
- Nayeli Reyes Loyo, svcfe

- hace 3 días
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Hemos iniciado el mes de mayo, un tiempo privilegiado para redescubrir y experimentar la presencia materna de María en nuestra vida. Ella nos acompaña siempre: es Madre cercana, atenta a nuestras necesidades y dispuesta a interceder por nosotros ante su Hijo Jesús.
Cristo, desde la Cruz, nos la entregó como Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,27). Acudir a Ella tanto en lo grande como en lo pequeño, es signo de vivir con la conciencia de su protección y compañía. Es vivir con confianza y docilidad, sabiendo que quien se pone bajo su amparo encuentra refugio seguro. Quien la reconoce y acepta como Madre, aprende a honrarla, amarla, obedecerla e imitarla, tal como naturalmente sucede con nuestras madres de la tierra.
La sierva de Dios Martha de la Inmaculada, deseaba profundamente reflejar el amor de la Virgen María en cada instante de su vida y, más aún, llegar a parecerse tanto a Ella hasta poder reflejarla, siendo una miniatura suya. En uno de sus escritos, dirigidos a su guía espiritual, el Padre Edmundo Iturbide, comparte su anhelo, que hoy nos interpela: “Lo único que deseo verdaderamente, es entregarme a la Virgen Inmaculada, de tal manera, que Ella pueda, cuando quiera y como quiera, amansar a esta su pequeña hija, hasta convertirla en una preciosa y deliciosa miniatura de Ella; de tal manera, que en donde quiera y quienquiera, cuando me miren la vean; entonces, y sólo entonces, creeré que no he defraudado a nuestro Jesús en el amor que me ha demostrado”[1].
Confiar en medio de la incertidumbre, soltar el control, abrirnos a la acción de Dios y reflejar las actitudes de amor, silencio y servicio, al estilo de la Virgen María, es la mejor forma de testimoniar, en lo ordinario, que “hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él” (1Jn 4,16).
Al experimentar el amor incondicional de Dios, aspiramos a corresponderle siendo dóciles y obedientes a su voluntad, hasta llegar a “hacer lo que Él nos diga” (Cf. Jn 2, 5). Permitamos que María forme nuestro corazón para parecernos cada vez más a Ella, confiemos en su amor maternal y acudamos a Ella con frecuencia, recordando una de las palabras más hermosas que el ser humano pueda escuchar: “¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1,45).
¿Acudo a María en mi vida cotidiana con la confianza de un hijo pequeño con su Madre?
¿Qué actitudes de la Virgen María (silencio, servicio, docilidad, fe, obediencia, amor…) siento que necesito cultivar hoy?
¿Estoy permitiendo que María eduque mi corazón para parecerme más a ella y reflejar su amor a los demás?
[1] AHSVCFE I.2.4.290. Fondo Martha Christlieb, Carta al P. Edmundo Iturbide, msps. 14 febrero 1960.


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