Cuando verdaderamente amamos...
- Nayeli Reyes Loyo, svcfe

- hace 18 minutos
- 2 Min. de lectura

Febrero nos invita a reflexionar sobre el amor y la amistad, nos evoca aquellos rostros con los que tenemos o hemos tenido algún vínculo y que, con solo pensar en ellos, experimentamos armonía, paz, seguridad y confianza. La capacidad de amar y de ser amados nos ha sido dada por iniciativa divina, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, Él nos ha hecho partícipes de su infinito amor.
Por lo tanto, nuestro corazón tiene una capacidad inmensa para albergar y dar amor. Sin embargo, ¿de qué serviría repetir una y otra vez que amamos, si nuestras acciones contradicen nuestras palabras?
La Sierva de Dios Martha de la Inmaculada, nos ayuda a reflexionar acerca del modo en que expresamos este don de Dios en nosotros y nos invita a ofrecerlo de modo más sublime:
“El refrán popular dice: ´Obras son amores y no buenas razones´. Y, en efecto, así es. ¿De qué nos servirá estar diciendo siempre a una persona que la amamos, de qué servirá que proclamemos por todas partes que amamos a determinada persona, si nuestras obras están desmintiendo nuestras palabras? Ya Jesús nos lo dijo en el evangelio: “No todo el que dice: ¡Señor! ¡Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7, 21). Cuando verdaderamente amamos a alguien, estamos pendientes, no de las órdenes, sino de la menor insinuación, y si nos es posible, aún tratamos de adivinar hasta sus más mínimos deseos para adelantarnos y hacerlos realidad, sin esperar a que sean expresados con palabras”[1].
El amor auténtico se demuestra en la fidelidad diaria, en la atención a la otra persona, en la capacidad de servir sin esperar recompensa. El amor genuino nos hace personas despiertas, vigilantes, atentas y dispuestas a adelantarnos a las necesidades de los demás para procurarles el bien.
Así nos mira y nos ama Jesús: hasta el extremo, dándonos el bien supremo que es la vida plena en su amor. Él dijo a sus discípulos: “ya no los llamo siervos… a ustedes los llamo amigos” (Cf Jn 15,15) y su criterio más grande de amistad es “dar la vida por los amigos” (Cf Jn 15,13).
Celebrar el amor y la amistad es, entonces, una invitación a revisar la calidad de nuestro amor que se expresa “no solamente con palabras sino con hechos y de verdad” (1Jn 3,18).
¿Cómo expreso el amor y la amistad en mi vida cotidiana? Cuando digo que amo, ¿mis acciones confirman o contradicen mis palabras? ¿Hay alguna relación en la que Dios me esté invitando a amar de manera más atenta, generosa y desinteresada?
[1] AHSVCFE I.5.2.8. Fondo Martha Christlieb, Escritos Espirituales, Boletín de las Hermanas de la Vera Cruz Hijas de la Iglesia. 21 junio 1968.


Comentarios