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La cabeza se fatiga de meditar; pero el corazón no se cansa de amar

  • Foto del escritor: Nayeli Reyes Loyo, svcfe
    Nayeli Reyes Loyo, svcfe
  • 8 mar
  • 2 Min. de lectura

Tomada de la Fototeca Martha Christlieb
Tomada de la Fototeca Martha Christlieb

En un mundo convulsionado por la violencia e inseguridad donde nuestro país se ve lacerado por el odio y la ambición de quienes creen que teniendo más serán más poderosos e invencibles, se vuelve urgente e imprescindible la presencia de personas promotoras de paz que, con sus palabras y obras, hagan un llamado fuerte a la conversión y al amor.

 

Pero ¿nos hemos preguntado realmente qué es la conversión? y, ¿por qué la Sagrada Escritura insiste, una y otra vez, en este llamado?

 

La conversión proviene del término griego metanoia que significa cambio de mentalidad, transformación interior, giro profundo de la vida. Es volver el corazón a Dios, porque el corazón es el centro de nuestras decisiones, deseos y acciones. No se trata simplemente de modificar prácticas externas ni de la acumulación de sacrificios; es un volver al interior, un retorno al corazón. Es permitirle a Dios que habite en nuestra vida cotidiana y transforme nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar.

 

La Sierva de Dios Martha de la Inmaculada, inspirada en las palabras de su guía espiritual, el Padre Edmundo Iturbide, nos ofrece un camino concreto para volver el corazón a Dios y permanecer en Él: “viva en constante e íntima unión con Dios haciendo con todas sus obras una oración nunca interrumpida. Hacer aún lo más ordinario para agradarle, es mejor aún que pensar en Él; es amarlo. La cabeza se fatiga de meditar; pero el corazón no se cansa de amar[1].

 

Estas palabras nos regalan una espiritualidad profunda y, al mismo tiempo, sencilla. No se trata solo de pensar más en Dios, sino de amarlo más profundamente en cada acto. Son un eco de las palabras de Jesús en el Evangelio: “Permanezcan unidos a mí, como yo lo estoy a ustedes” (Jn 15,4).

 

Permanecer no es algo extraordinario, es vivir unidos a Él en el trabajo diario, en la familia, en la escuela, en la comunidad, en las responsabilidades de cada día. Cuando la intención es agradarle, lo ordinario se vuelve ofrenda, alabanza, gratitud y amor.

 

Esto significa transformar lo pequeño en camino de santificación: cumplir el deber con fidelidad, responder con paciencia, guardar silencio en lugar de herir, servir sin buscar reconocimiento. Todo esto teniendo presentes las palabras del Evangelio: “el que es fiel en lo poco, lo es también en lo mucho” (Lc 16,10).

 

Por ello, cada día es tiempo de conversión. La pregunta clave no es cuánto más voy a hacer, sino con cuánto amor voy a vivir y a realizar lo que ya me corresponde hacer. Porque la cabeza puede fatigarse de propósitos, pero el corazón, cuando ama de verdad, no se cansa de dar, de permanecer y de crecer en intimidad con Dios.

  

En mi vida cotidiana, ¿qué acciones concretas puedo transformar en una “oración ininterrumpida” ofrecida a Dios? Cuando realizo mis tareas diarias, ¿las hago “de corazón, buscando agradar al Señor” (cf. Col 3, 23), o solo por obligación?



[1] AHSVCFE I.2.3.682. Fondo Martha Christlieb, Cartas a Hermanas de la Vera Cruz Hijas de la Iglesia.  1 abril 1969.

 
 
 

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