¡Señor, a medias… nada!
- Nayeli Reyes Loyo, svcfe

- 2 jun
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Junio nos introduce en la contemplación de uno de los misterios más entrañables de nuestra fe: el Sagrado Corazón de Jesús. Un corazón que ama sin medida, que se entrega sin reservas y que permanece abierto para recibirnos a todos. Contemplar el Corazón de Cristo es acercarnos al centro mismo del amor de Dios.
El evangelio nos recuerda que Jesús “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Su amor es incondicional, sin límite, total, profundo, entrañable, infinito y eterno. Cristo Jesús entregó su vida sin reservarse nada; su corazón fue traspasado y de su costado herido “brotó sangre y agua” (Jn 19,34). Se dio completamente por amor a nosotros.
En otro pasaje del evangelio Jesús nos dice: “aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29), Él no nos pide una perfección absoluta, sino un corazón sincero que quiera pertenecerle por completo. Contemplar el Corazón de Cristo transforma lentamente nuestro propio corazón. Su amor sana nuestras heridas, resistencias, durezas y egoísmos; nos enseña que amar de verdad implica salir de nosotros mismos, confiar y permanecer.
La palabra cristiano significa seguidor de Cristo. Por el bautismo hemos sido configurados para ser “otros Cristos”. De ahí nace el gran desafío de nuestra vida cristiana: aprender a amar como Él, con todo el corazón, sin medianías, ni cálculos, de manera incondicional, con mansedumbre y humildad.
La Sierva de Dios, Martha de la Inmaculada, consciente de su fragilidad y pequeñez, expresa un deseo profundo que también hoy podría convertirse en nuestra oración: “A pesar de mi cobardía natural, y de mi inmensa pequeñez, quiero decir a mi Jesús con toda el alma, y con la ayuda de mi Madre Inmaculada: ¡Señor, a medias… nada!”[1]
La Madre Martha no habla desde la perfección, sino desde la verdad de su propia pobreza. Reconoce sus miedos, sus límites y su pequeñez; y, aun así, desea entregarse totalmente. Porque el amor auténtico no nace de sentirse fuerte, sino de confiar en Aquél que sabemos nos ama. Con toda el alma, y dejándose ayudar por su Madre Inmaculada, ella desea entregarse con todas las fuerzas de su ser, tal como lo expresa también en otro de sus escritos: “mientras no se haya dado todo, no se ha dado nada”[2]
Estas palabras nos recuerdan que, amar al estilo del Corazón de Jesús, implica una entrega confiada, humilde y total en Él.
¿Confío verdaderamente en que Dios puede actuar a través de mi pequeñez y fragilidad? En mi relación con Dios y con los demás, ¿qué significa para mí amar sin medianías? ¿De qué manera puedo hacer más visible el amor del Corazón de Cristo en mi familia, comunidad o trabajo?
[1] AHSVCFE I.2.4.379. Fondo Martha Christlieb, Carta a P. Edmundo Iturbide, msps. 20 febrero 1970.
[2] AHSVCFE I.2.2.14. Fondo Martha Christlieb, Carta a Hermanas de la Vera Cruz Hijas de la Iglesia. 30 marzo 1961.


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