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Ser cada día más hijos de María

Foto del escritor: Nayeli Reyes Loyo, svcfe
Nayeli Reyes Loyo, svcfe
hace 11 minutos
2 min de lectura

Imagen de la Virgen del Rosario, de Alvarado, Ver.
Imagen de la Virgen del Rosario, de Alvarado, Ver.

En el transcurso de nuestra vida encontramos personas que, cuanto más las conocemos, más las queremos. Descubrimos en ellas gestos, palabras, actitudes y rasgos que nos llevan a admirarlas y desear parecernos un poco más a ellas.

 

Algo semejante sucede cuando nos acercamos a María. Cuanto más la contemplamos, más descubrimos la belleza de su corazón y más nace en nosotros el deseo de conocerla, amarla e imitarla.

 

La sierva de Dios, Martha de la Inmaculada, se caracterizó por un profundo amor a la Virgen María, deseaba imitarla en todo momento hasta llegar a ser, como ella misma expresaba, “una preciosa miniatura suya”[1] y junto con Ella, llevar a las personas a Jesús. En uno de sus escritos nos hace esta invitación: “Que tu única preocupación sea ser cada día más hija (o) de tu Madre del Cielo; procura estudiarla cada día más, para conocerla mejor y de esa manera crecer constantemente, incansablemente en el amor a esa buena Madre”[2].

 

Ser hijo de María es mucho más que un título afectivo. Es una relación que se cultiva, que crece y que se vive de tú a tú como lo hacemos con aquella persona a quien amamos y a quien deseamos agradar para alegrar su corazón.

 

Conocer a María es encontrarnos con Ella en el silencio del corazón y a la luz del Evangelio; es contemplar su manera de responder a Dios y descubrir, en las distintas escenas de su vida, una mujer plenamente disponible a sus planes. La encontramos en Nazaret, escuchando una propuesta que supera sus planes y respondiendo con confianza: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). La vemos poniéndose en camino para servir a su prima Isabel (Cf. Lc 1,39-40); la contemplamos guardando en silencio aquello que no comprende del todo y “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). En estos y en otros pasajes bíblicos María nos enseña a decir sí a Dios una y otra vez.

 

Después de conocer a María, la Madre Martha nos invita a amarla, porque nadie ama lo que no conoce y porque como ella misma afirma: “el amor, pero el amor verdadero, te identificará con Ella y así podrás ser siempre María para Jesús y para la Iglesia toda”[3]. Lo que significa permitir que, a través de nuestras palabras, gestos y manera de relacionarnos con los demás, puedan experimentar algo de la ternura, acogida, esperanza y amor que encontramos en Ella.

 

No se trata de hacer grandes cosas, sino pequeños gestos que, nacidos del amor, puedan convertirse en una manera sencilla de hacer presente a María.

  

¿Qué rasgo de María necesito contemplar y aprender con mayor profundidad en este momento de mi vida? Si el amor verdadero me identifica con María, ¿qué actitudes concretas de Ella quisiera que comenzaran a reconocerse en mi manera de vivir?



[1] AHSVCFE I.2.4.103. Fondo Martha Christlieb, Carta al P. Edmundo Iturbide, msps. 20 octubre 1944.

[2] AHSVCFE I.2.3.114. Fondo Martha Christlieb, Dedicatoria en un libro de la Virgen María que regaló a una SVCFE. 7 diciembre 1973.

[3] Ídem

 
 
 

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