Ser cada día más hijos de María


En el transcurso de nuestra vida encontramos personas que, cuanto más las conocemos, más las queremos. Descubrimos en ellas gestos, palabras, actitudes y rasgos que nos llevan a admirarlas y desear parecernos un poco más a ellas.
Algo semejante sucede cuando nos acercamos a María. Cuanto más la contemplamos, más descubrimos la belleza de su corazón y más nace en nosotros el deseo de conocerla, amarla e imitarla.
La sierva de Dios, Martha de la Inmaculada, se caracterizó por un profundo amor a la Virgen María, deseaba imitarla en todo momento hasta llegar a ser, como ella misma expresaba, “una preciosa miniatura suya”[1] y junto con Ella, llevar a las personas a Jesús. En uno de sus escritos nos hace esta invitación: “Que tu única preocupación sea ser cada día más hija (o) de tu Madre del Cielo; procura estudiarla cada día más, para conocerla mejor y de esa manera crecer constantemente, incansablemente en el amor a esa buena Madre”[2].
Ser hijo de María es mucho más que un título afectivo. Es una relación que se cultiva, que crece y que se vive de tú a tú como lo hacemos con aquella persona a quien amamos y a quien deseamos agradar para alegrar su corazón.
Conocer a María es encontrarnos con Ella en el silencio del corazón y a la luz del Evangelio; es contemplar su manera de responder a Dios y descubrir, en las distintas escenas de su vida, una mujer plenamente disponible a sus planes. La encontramos en Nazaret, escuchando una propuesta que supera sus planes y respondiendo con confianza: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). La vemos poniéndose en camino para servir a su prima Isabel (Cf. Lc 1,39-40); la contemplamos guardando en silencio aquello que no comprende del todo y “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). En estos y en otros pasajes bíblicos María nos enseña a decir sí a Dios una y otra vez.
Después de conocer a María, la Madre Martha nos invita a amarla, porque nadie ama lo que no conoce y porque como ella misma afirma: “el amor, pero el amor verdadero, te identificará con Ella y así podrás ser siempre María para Jesús y para la Iglesia toda”[3]. Lo que significa permitir que, a través de nuestras palabras, gestos y manera de relacionarnos con los demás, puedan experimentar algo de la ternura, acogida, esperanza y amor que encontramos en Ella.
No se trata de hacer grandes cosas, sino pequeños gestos que, nacidos del amor, puedan convertirse en una manera sencilla de hacer presente a María.
¿Qué rasgo de María necesito contemplar y aprender con mayor profundidad en este momento de mi vida? Si el amor verdadero me identifica con María, ¿qué actitudes concretas de Ella quisiera que comenzaran a reconocerse en mi manera de vivir?
[1] AHSVCFE I.2.4.103. Fondo Martha Christlieb, Carta al P. Edmundo Iturbide, msps. 20 octubre 1944.
[2] AHSVCFE I.2.3.114. Fondo Martha Christlieb, Dedicatoria en un libro de la Virgen María que regaló a una SVCFE. 7 diciembre 1973.
[3] Ídem


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